En 1960, me transformo en migrante al salir por primera vez de mi pueblo, doliéndome como a toda provinciana y provinciano, dejar mi familia, los campos, agua, aire, cielo, mi tierra. Con un nudo en la garganta, pero animada por las promesas de progresar, no imaginé la cruel realidad que se me revelaría solo a pocas horas, en ese mismo viaje. En su momento pensé que era mala suerte, hoy sé que era normal aquello que físicamente me sucedió. Me dio el mal de altura, como todos decimos en mi tierra “me dio soroche”, mi entrañas se revolvieron y revelaron, vomité con vergüenza y dolor sin saber qué hacer. Las monjas eran tan delicadas que no soportaron mis fluidos, mi tristeza humana, “piadosamente” decidieron que debía seguir el viaje en la maletera del bus, allí donde estaban los bultos como un bulto más, sacudida salvajemente por los baches del trayecto a Lima, en esos tiempos donde no había pavimento, sólo carretera afirmada.
Llegué a Lima como un fardo magullado, maltrecha y asustada. Despojada de mi condición humana en tiempos donde la democracia estaba emergiendo y las mujeres apenas soñábamos con nuestros derechos. En tiempos donde una parte importante de la iglesia católica en su plan de evangelización y piedad, asumía el papel de enroladoras de jóvenes andinas, campesinas y amazónicas, para empleadas del hogar de las familias de clase media y alta de Lima. Práctica que encubría una versión moderna de esclavitud a mediados del siglo XX.
Me hice imigrante con 15 años, seducida con la promesa de acceder a educación inexistente en mi pueblo, llegando primero a
Un lunes de marzo a las once de la mañana, nací por segunda vez, esta vez pese a ser una adolescente, con más temor de cuando fui siete mesina. Fui elegida entre otras adolescentes que estaban conmigo, para ser distribuida al distrito de Miraflores. Vino a recogerme mi empleador que en ese tiempo me dijeron era “el patrón o señor de la casa”.
Tomamos un colectivo, al mismo tiempo que me moría de miedo ante tanto ruido, autos que parecían estrellarse con el nuestro, edificios que nunca había visto en el campo, calles completamente descocidas, mientras que en mi corazón se asentaba el peso de una roca gigante y me dolía ser migrante, huérfana y pobre.
Me inicié como Trabajadora del Hogar (TdH) encubierta, oficialmente era la "ahijada" que ayudaba en las labores de la casa a cambio de comida, techo y estudios, al interior de una familia aparentemente de cinco miembros. El señor de la casa era bombero, la señora ama de casa, una hija enfermera y un hijo médico ambos trabajaban en el Hospital de policía, el tercer hijo era abogado con dos hijos y esposa. A ello se sumaba una anciana de 96 años con necesidad de cuidados diurnos y nocturnos, una sobrina y algunos paisanos de Cajamarca que eran pensionistas (inquilinos con servicio de alimentación). Un total de quince personas, a quienes serviría en adelante junto con otra compañera de trabajo, también de Cajamarca pero muy diferente a mí en color y facciones. Ella sería usada en adelante para hacerme sentir discriminada por mi color de piel y choledad, decían mis empleadores y sus hijas/os que yo era chola, no parecía cajamarquina porque eran blancas como mi compañera de trabajo.
La lección de quién era y el lugar que ocupaba en la familia, fue abrupta y acelerada, cuando llegamos, era medio día, hora de almuerzo. Habían cocinado chupe de camarones, la señora ordenó que me sirvieran un plato, luego me llevaron a comer junto al caño de la lavandería en el patio. El patio y la cocina, eran los lugares de las TdH, puesto que estábamos para realizar trabajo y trabajo todo el día, por cuanto no necesitábamos nada más que una frazada vieja y un cartón para dormir, aun recuerdo la mía, era una frazada de banderitas rojas, bastante usada, sucia y hueca.
Nada de eso me importó en ese momento, sólo miraba aterrada mi plato, mientras pensaba que en Lima comían cucarachas grandes a las que llamaban camarones, no probé bocado, quedándome de hambre ese día y tantos otros, hasta cuando me fui acostumbrando a ser parte de esta Lima que en ese tiempo sólo se enorgullecía de sus platos y cocina de la costa, pero para quienes somos de la sierra, fue y sigue siendo un lugar de choque de culturas, de discriminación, agresividad y mucho temor cuando nadie te acoge, orienta, apoya y enseña.
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