Adelinda Diaz Uriarte

domingo, 13 de marzo de 2011

UN MUNDO EXTRAÑO DE DESARRAIGO, ORFANDAD Y DISCRIMINACION

En 1960, me transformo en migrante al salir  por primera vez de mi pueblo, doliéndome como a toda provinciana y provinciano, dejar mi familia, los campos, agua, aire, cielo, mi tierra. Con un nudo en la garganta, pero animada por las promesas de progresar, no imaginé la cruel realidad que se me revelaría solo a pocas horas,  en ese mismo viaje. En  su momento pensé que era mala suerte, hoy sé que era normal aquello que físicamente me sucedió. Me dio el mal de altura, como todos decimos en mi tierra  me dio soroche”, mi entrañas se revolvieron y revelaron, vomité con vergüenza y dolor sin saber qué hacer. Las monjas eran tan delicadas que no soportaron mis fluidos, mi tristeza humana, piadosamente” decidieron   que debía seguir el  viaje en la maletera  del bus, allí donde estaban los bultos como un  bulto más, sacudida salvajemente por los baches del trayecto a Lima, en esos tiempos donde no había pavimento, sólo carretera afirmada.

Llegué  a Lima como un fardo magullado, maltrecha y asustada. Despojada de mi condición humana en tiempos donde la democracia estaba  emergiendo y las mujeres apenas soñábamos con nuestros derechos. En tiempos donde una parte importante de la iglesia católica en su plan de evangelización y piedad,  asumía el papel de enroladoras de jóvenes andinas, campesinas y amazónicas, para empleadas del hogar de las familias de clase media y alta de Lima. Práctica que encubría una versión moderna  de esclavitud a mediados del siglo XX.

Me hice imigrante con 15 años,  seducida con la promesa de acceder a educación inexistente en mi pueblo, llegando primero a la Av. Wilson,  en el  Convento de las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús –irónicamente hoy es el lugar donde pululan las mujeres y hombres que venden algo de calor-. Allí me tuvieron una semana, mientras aprendía a servir en silencio, entrenándome en tender camas, lavar platos, barrer, planchar, cocinar, agachar la cabeza y decir "Sí patrona", "Sí patrón". Aprendí rápido porque a esa edad todos los sentidos están atentos, creí que pronto sería bien acogida al saber desempeñarme bien en el trabajo doméstico y la obediencia.

Un lunes de marzo a las once de la mañana, nací por segunda vez,  esta vez pese a ser una adolescente, con más temor de cuando fui siete mesina. Fui  elegida entre otras adolescentes que estaban conmigo, para ser distribuida al distrito de Miraflores. Vino a recogerme mi empleador que en ese tiempo me dijeron era “el patrón o señor de la casa”.

Tomamos un colectivo, al mismo tiempo que me moría de miedo ante  tanto  ruido,  autos que parecían estrellarse con el nuestro, edificios que nunca había visto en el campo, calles completamente descocidas, mientras que en mi corazón se asentaba el peso de una roca gigante y me dolía ser migrante, huérfana y pobre.

Me inicié como Trabajadora del Hogar (TdH) encubierta, oficialmente era la "ahijada" que ayudaba  en las labores de la casa a cambio de comida, techo y estudios, al interior de una familia  aparentemente  de cinco miembros. El señor de la casa era bombero, la señora  ama de casa, una hija enfermera y un hijo  médico ambos trabajaban en el Hospital de policía,  el tercer hijo era abogado con dos hijos y esposa. A ello se sumaba una anciana de 96 años con necesidad de cuidados diurnos y nocturnos, una sobrina y algunos  paisanos de Cajamarca que eran pensionistas (inquilinos con servicio de alimentación). Un total de quince personas, a quienes serviría en adelante junto con otra compañera de trabajo, también de Cajamarca pero muy diferente a mí en color y facciones. Ella sería usada en adelante para hacerme sentir discriminada por mi color de piel y choledad, decían mis empleadores y sus hijas/os  que yo era chola, no parecía cajamarquina porque eran blancas como mi compañera de trabajo.

La lección de quién era y el lugar que ocupaba en la familia, fue abrupta y acelerada, cuando llegamos, era medio día, hora de almuerzo. Habían cocinado chupe de camarones, la señora ordenó  que me sirvieran un plato,  luego me llevaron a comer junto al caño de la lavandería en el patio. El patio y la cocina, eran los lugares de las TdH, puesto que estábamos para realizar trabajo y trabajo todo el día, por cuanto no necesitábamos nada más que una frazada vieja y un cartón para dormir, aun recuerdo la mía, era una frazada de banderitas rojas, bastante usada, sucia y hueca.

Nada de eso me importó en ese momento, sólo miraba aterrada mi plato, mientras pensaba que en Lima comían cucarachas grandes a las que llamaban camarones, no probé bocado, quedándome de hambre ese día y tantos otros, hasta cuando me fui acostumbrando a ser parte de esta Lima que  en ese tiempo sólo se enorgullecía de sus platos y cocina de la costa, pero para quienes somos de la sierra, fue y sigue siendo un lugar de choque de culturas, de discriminación, agresividad  y mucho temor cuando nadie te acoge, orienta, apoya y enseña.

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