A las once de la mañana del 8 de marzo de 1946, al interior del pueblo de Yurac-Yacu de la provincia de Chota en Cajamarca, la pareja conformada por Ermila Uriarte Núñez y Herminio Díaz Fustamante, asisten al nacimiento de su primogénita.
Con sólo siete meses de vivir en el vientre de mi madre, sin esperar más tiempo para mirar la luz brillante del sol de Cajamarca, nací y me llamaron Adelinda Díaz Uriarte, según el nombre de la santa que figuraba en el calendario y marcaba el 8 de marzo.
Con sólo siete meses me aferré a la vida, en un tiempo y lugar que desconocía el apoyo de los servicios de salud como hospital, incubadoras. Donde la mayoría de recién nacidos y nacidos morían antes de tener tres años, como sucedería a tres de mis seis hermanas/os.
Nací para vivir, por difícil que fuera y aun cuando la vida me negara las mínimas condiciones favorables. Primero era tan pequeña que no podía succionar un pezón, debí beber leche a través de un algodón. Cuando llegué a al tiempo donde otros nacen, bebí del pecho huérfano de mi vecina Manuela de
En tiempos donde las mujeres debían tener todos los hijos que su fecundidad y Dios le enviaba -donde los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres no existían ni en los sueños de alguna mujer-, era de esperar que me quedara prontamente huérfana de madre. Como sucedió con apenas ocho años, heredando la responsabilidad de ayudar a mi padre en la crianza de mis seis hermanas/os. No fue fácil pero nos la arreglamos hasta que cumplí catorce años. Tiempo donde dejé de ser hermana e hija, con apenas l segundo año de instrucción primaria, el deseo de aliviar y ayudar a mi padre, asentí venir a Lima, confiada en el brazo protector de una monja.
Mi padre se resistió, mas cuando fue convencido, creyendo protegerme firmó un documento que cedía mi custodia a la familia donde me quedaría, cuidaría y me permitiera estudiar, al ser menor de edad y migrante. Creí que el valor de mi trabajo me permitiría ayudar a mis hermanas y hermanos.
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