Adelinda Diaz Uriarte

lunes, 28 de marzo de 2011

DE MIGRANTE A TRABAJADORA DEL HOGAR

Pronto me hice cocinera y empleada de quince personas a quienes preparaba y servía tres comidas, lavaba, mantenía la casa limpia, cuidaba y era enfermera de día y de noche de la anciana de 96 años, al mismo tiempo que me exigían  más y más, nada les satisfacía y siempre me reprochaban ser serrana y ociosa. El  único beneficio que arranqué fue  la escuela, debido al compromiso que firmaron con mi padre, que también se transformó en chantaje y manipulación que justificaba la violación de mis derechos hasta  cumplir la mayoría de edad.

Fui al Colegio de Fátima, debido al compromiso que firmaron con mi padre para hacerme estudiar, donde aprendí además de las materias a organizarme y compartir con otras trabajadoras como yo. A entender que no era mala suerte lo que me pasaba  y a buscar solución para mi situación. Desde 1960, me hice parte de la Juventud Obrera Cristiana (JOC), donde me abren los ojos y hacen ver que mi trabajo es digno  que tenemos valores, que soy ciudadana y no objeto como nos suelen tratar  nuestros empleadores, aprendí que tengo derechos  y que tengo que hacerlo respetar.

La presión  del trabajo y la escuela, me fue agotando día a día, adelgazando enormemente. Sólo tenía dos cambios de ropa que me proporcionaron en la casa, un vestido de servicio y un guardapolvo para el colegio.  Trabajaba descalza -debía cuidar mi zapato para ir al colegio, el único que traje de Cajamarca -. Por más de cuatro años,  no me compraron calzado ni me pagaron sueldo.

Fui aislada casi secuestrada, me incomunicaron con mi padre, interceptando y destruyendo las cartas que él me enviaba, a esto es lo que yo llamo esclavitud,  por eso no quiero que  más niñas y mujeres pasen por lo mismo, porque aun en el año 2011 se sigue dando.

Trabajaba en las peores condiciones y más de los horarios destinados a otros tipos de trabajo, los estragos de mi explotación se hicieron pronto notar, adelgacé hasta la anemia  y perdí  mis fuerzas. En estas circunstancias culminé mis estudios primarios con calificaciones sobresalientes y destacadas. Mi profesora decía que yo podría llegar lejos si seguía estudiando.  

En  la JOC, conocían de mi situación, mis compañeras y   asesores me dijeron que la única forma de liberarme  era huir, puesto que era menor de edad y mis patrones tenían mi tutoría.
Casi me resigné a esperar hasta cumplir mi mayoría de edad, pero otras amenazar surgieron a medida que tenía más edad.

Los hijos de la familia, me acosaban sexualmente en todo momento, yo me defendía como podía y los evitaba. Cosa que no sucedió con  mi compañera de trabajo, quién salió embarazada de uno de los hijos de la casa y la retornaron a su pueblo. Allí me dijeron que no me dejarían ir, porque quedaba sola,  si quería salirme me devolvería a mi pueblo como lo hicieron con mi compañera.  Yo no quería volver pues no tenía nada, quería seguir estudiando.

Poco tiempo después, en una de las tantas noches que esperaba al señor de la casa para servirle su comida. Llegó más media noche y algo bebido, aprovechando que estaba de espaldas ocupada en servirle la comida me cogió por la espalda e intentó violarme. Me defendí como pude y en mi desesperación le tiré la sopa al pecho, pero lejos de amedrentarse se volvió más agresivo, mientras yo gritaba y nadie me oía.

Cuando finalmente, logré liberarme y huir, la violación frustrada se transformó en causa de hostigamiento constante del  violador, sus hijos e hija. Sólo la señora me creyó y se puso de mi parte pero era insuficiente su protección. Cuando el hostigamiento fue insoportable, decidí irme, no fue fácil, querían detenerme  e incluso trajeron la policía, quien dijo que no podían hacerlo porque ya había cumplido mi mayoría de edad.

Al no poder  impedir que me vaya, la señora de la casa se llenó de ira y violencia, me arrebató mi pequeño paquete, donde no tenia en realidad nada de valor sólo  mi  Biblia que cayó aparatosamente, la piadosa mujer que rezaba e iba a misa todos los domingos, a quien las hermanas religiosas le conseguían de tanto en tanto jóvenes para “que las acogiera y educara”, se apropió de mi Biblia diciendo que me la había comprado y yo no la merecía.

Cuando  me liberé de mi primera esclavitud, lo hice en el peor momento, no había coordinado con nadie, solo quería dejar esa prisión. Al llegar  al local  de la JOC en Barranco, mi euforia por la libertad arrebatada se me esfumó, no había nadie, todos se habían ido de retiro por una semana. Literalmente me quedé en la calle, dormí tres noches en el   jardín de la comunidad  JOC, luego en el  parque Salazar, durante varias noches, tuve por techo al firmamento gris  e incierto de Lima y por cobijo la grama de los parques.

En búsqueda de apoyo, llegué a la casa donde trabajaba Tomasa una compañera de igual infortunio,  muy cerca a la casa donde trabajé, allí me quedé oculta un tiempo. Dormía escondida bajo su cama, evitando  de este modo me descubriera la dueña de casa, en el día ayudaba en los que haceres a Tomasa, quien fue mi primer Ángel para no morir en el intento hacerme de mi libertad. 

Con mi segundo trabajo, profundicé aun mas en el   rostro inhumano del poder de un ser humano respecto a otro y el costo de ser TdH, descendí de maltrato en mi primer trabajo,  a peor trato en el segundo. Mis empleadores eran una pareja recién casada de clase media, que trabajaban y querían ahorrar para tener éxito, incluyendo mi comida, la cual me media gramo a gramo unido a la desconfianza y el abuso, tampoco me pagaron sueldo alguno. Pronto los abandoné, ya había descubierto que mi trabajo tenía valor,   que no podía renunciar por más miedo que tuviera a  mi libertad y derechos de trabajadora.

El tercer trabajo fue aun peor, al racionamiento, control, se sumó la discriminación que me hizo probar el sabor amargo de ser mujer, inmigrante, pequeña,  piel oscura y desempeñar el trabajo más devaluado del mercado “Trabajadora del Hogar”, desdeñosamente nombrado como “muchacha”, “sirvienta”, “nana”, "chica", "chola","chuncha",  “empleada”, “doméstica”, dependiendo siempre del grado de desprecio e ignorancia de los y las discriminadores.

Nos vestían diferente para que nuestras "patronas" pudieran ser distintas a nosotras porque en algunos casos no había esa diferencia que querían mostrar. En la calle toda peruana es igual en piel, talla, rasgos, solo la ropa, el pelo teñido y el dinero nos hace diferentes. Por eso y otras cosas nos miran y tratan  con desprecio,   dependiendo del nivel de cultura e inseguridad de cada nueva empleadora, olvidando que nos contratan   para que realicemos  un trabajo que ellas no pueden hacer, que nos confían su comida, su casa, sus hijos... pero cuando nos miran a los ojos nos desprecian...

Siempre me pregunto ¿Por qué no desprecian? ¿Por qué no nos valoran? ¿Acaso nuestra necesidad es mayor que la necesidad de ellas? ¿Qué pasaría si no hubiera ninguna trabajadora del hogar? ¿Cómo harían para atender la casa, los hijos, el marido, trabajar, triunfar, tener éxito? ¿No se dan cuenta que tenemos igual necesidad y problemas como mujeres?

Pero  toda noche  oscura culmina en un amanecer, y la luz del nuevo día llegaría con mi cuarto trabajo. En  1968, en un quinto intento de búsqueda de trabajo digno, fui a trabajar al interior de una familia alemana, donde por primera vez tuve un sueldo equivalente a S/. 70.00 (soles). Al lado de quienes culminé mis estudios secundarios en el Centro Educativo  República de Francia. A estas alturas ya había descubierto mis derechos, mi poder, capacidad de organización  y estaba decidida a defenderlos.

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